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Tampoco ha podido ser en Varsovia que pasa a ser la última de las cumbres fracasadas contra el cambio climático. Cada vez es más grave la contradicción entre los avances científicos en el diagnóstico del cambio climático y la inacción e indiferencia de los Gobiernos. Pero la gravedad es mucho mayor cuando cada año que pasa se constata de manera más evidente el impacto económico que tiene el aumento de la temperatura del planeta y su directa relación con el incremento de las desigualdades.

El desdén ante la desigualdad es la primera causa que hace imposible un acuerdo mundial de lucha contra el cambio climático. En la Asamblea General de la ONU de 2012 se presentó un informe que cuantificaba el coste del cambio climático para 2030 en una pérdida del 3% del PIB mundial; sin embargo, el reparto de esa pérdida es desigual porque mientras en los países más ricos se situará entre el 2% y 3% de su PIB, en los países más pobres o en vías de desarrollo la pérdida alcanzará hasta el 7% y el 11% de su riqueza. Este informe confirmó el análisis de N. Stern que en 2007 preveía un impacto económico del cambio climático para las próximas décadas entre el 5% y el 20% del PIB, según las condiciones de adaptación de cada país.

El incremento de la temperatura del planeta, sobre todo en los mares y océanos, se aproxima en esta década al punto de no retorno en el que sus efectos serán irreversibles. Las cumbres ya se miden por huracanes, el año pasado fue Sandy en EEUU y Bopha en Filipinas en estas mismas fechas; este año Haiyan otra vez en Filipinas. Las aseguradoras han visto cómo el coste de los desastres naturales se ha multiplicado por cuatro en los últimos años hasta 140.000 M€ en 2012. Los millones de vidas perdidas o desplazadas pasan por los telediarios de año en año ante el negacionismo más brutal del poder político y económico que se opone a que los países más ricos y que más emisiones producen compensen a los países más pobres, que no son los principales responsables del nivel de emisiones de CO2 pero sí los que más sufren sus efectos.

La causa principal del calentamiento está en el masivo consumo de energías fósiles, carbón, gas y petróleo, y en un modelo energético que dedica cinco veces más ayudas a esas fuentes contaminantes que a las energías renovables. En 2012 fueron en todo el mundo 403.000 M€ frente a 74.000 M€, según la Agencia Internacional de la Energía que, además de reclamar la supresión de todas las ayudas a los combustibles fósiles, advierte que cada dólar que ahora no se invierta en luchar contra el cambio climático costará 4,5 dólares a la economía a partir de 2020.

El mundo camina hacia una gran crisis económica y humanitaria por un modelo energético insostenible a causa de la ausencia de políticas más contundentes de apoyo a la eficiencia energética y las energías renovables. Son las únicas políticas efectivas para eliminar las emisiones de CO2 y mitigar el cambio climático. La mejor medida que se debe adoptar para afrontar los riesgos climáticos es otra ética de la energía que prescinda de todas las fuentes de riesgo, como son el gas, el carbón, el petróleo y la nuclear, y que cambie la percepción del cambio climático en nuestra sociedad, no como algo lejano en el tiempo y el espacio sino como la causa más próxima de nuestra ruina.

Sin embargo, seguimos asistiendo a la gran hipocresía de reconocer la amenaza del cambio climático y, a la vez, seguir defendiendo la mayor producción y consumo de energía fósil. Los mismos editoriales que han atacado las renovables y defendido el gas no convencional o la energía nuclear dicen estos días que algo hay que hacer contra los tifones como el de Filipinas. Los mismos que trabajan para inundar todo el planeta con la falsa revolución del gas esquisto, más contaminante y peligroso, reconocen a la vez la urgencia de mejorar el medioambiente. Es la falta de ética que sacrifica la felicidad de las generaciones futuras para optimizar el beneficio de los monopolios energéticos en el corto plazo. En el fondo contra lo que hay que luchar primero no es contra el cambio climático sino contra la codicia de esos monopolios del gas y del petróleo.

La comunidad internacional ha dejado sola a Ecuador en su defensa de la Amazonia frente a los intereses petroleros. Trece ministros europeos de medio ambiente, entre ellos el de España, piden un billón de inversión en renovables y reducción de emisiones para apoyar el “crecimiento verde”, mientras el mismo Gobierno de España aprueba una reforma para excluir las renovables y el ahorro de energía del sistema eléctrico e introducir más gas, más carbón, más nuclear y nuevas prospecciones de petróleo y fracking con la evaluación ambiental más laxa.

En España nadie ha explicado todavía por qué contaminar, y contaminar mucho, sale gratis o por qué las empresas más contaminantes hacen caja con los derechos de CO2 adjudicados gratuitamente mientras se niegan a que se les aplique la Directiva europea de emisiones industriales o por qué las grandes ciudades superan los límites de contaminación atmosférica.

La hipocresía del negacionismo se basa en el carácter incoloro de las emisiones. Si el CO2 fuera de colorines seguro que no habría desaparecido de la agenda política. Resulta intolerable que la percepción social del cambio climático dependa de los desastres naturales. ¿Cuántos huracanes, terremotos, sequias e inundaciones, enfermedades, hambrunas y desplazados harán falta para acabar con el desdén de los Gobiernos hacia el cambio climático?

FUENTE: Artículo por Javier García Breva para EFE Verde.

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Mostrando 3 comentarios
  • Africa
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    En dos palabras IN PRESIONANTE

  • Javier Domínguez
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    Estoy de acuerdo, aunque toda transición debe ser gestada desde el principio de que el negocio debe continuar, aun más, debe seguir creciendo. Debe haber más y más perforaciones, por que esto no perjudica demasiado al planeta. El daño viene con el uso que se hace del producto que se extrae.

    En mi opinión, debido al alto contenido de hidrógeno presente en el gas natural y los hidrocarburos extraídos, los esfuerzos deberían centrarse en generar hidrógeno con ellos a fin de que fuese éste el que nutriera a la voraz sociedad mundial. Los procesos de obtención de hidrógeno desde estas fuentes no renovables se harían en lugares confinados eximiendo o minimizando el riesgo de contaminación.

    En la mayor parte del planeta hay distribuciones de gas natural que podrían aprovecharse para distribuir el hidrógeno.

    No estoy en favor de los grandísimos monopolios y de las desproporcionadas fortunas pero incluso ellos deben tener opciones más allá de la crítica que resulta de no ser uno de ellos.

    Es más, tampoco creo que su actitud sea la de contaminar sin más a costa de enriquecerse. Ellos quieren enriquecerse, desde luego, pero seguro que valorarían otros modos de hacerlo si se les planteara. Hablo de una transición suave y meditada por que creo que todos abogamos por un mundo mejor y en mayor o menor medida a todos nos gustaría disponer de poder y de una autonomía casi infinita.

    Ellos la tienen y las críticas que escucho suenan “Pues que la pierdan”. Honestamente, eso no creo que vaya a funcionar. Sin embargo, creo que funcionaría un modelo en el que ellos consiguieran sus objetivos económicos sin dañar al medio ambiente y qué duda cabe que éste solo es planteable desde una transición ordenada.

  • Patricia Moguel
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    Felicito a Javier García por su extraordinario artículo. La gran hipocresía del cambio climático efectivamente radica en lo que el autor comenta: El doble discurso que políticos de muchos gobiernos están manejando para aprobar por un lado medidas que reduzcan las emisiones de gases invernadero, y por otro lado, el seguir en su carrera irrefrenable de mayor producción para más consumo. La pregunta final con la que uno se queda es si la mentalidad necrófila que domina en un puñado de empresas y líderes de gobiernos y que son los que nos están llevando a todos a un suicidio colectivo, podrá triunfar sobre el amor que la mayoría profesamos hacia la vida. No quiero sonar pesimista, ni mucho menos escéptica. Requerimos la esperanza ante todo para seguir creyendo que si podremos ganarles. Pero es necesario y urgente que todos y cada uno de nosotros, como individuos y colectividad, aceleremos el paso en las acciones y cambios que tenemos que hacer, no sólo porque el tiempo ya dejó de ser nuestro aliado, sino porque la estupidez, la indiferencia y el cinismo con el que se están moviendo esos reducidos grupos, en un mundo en el que aún carece de mucha información y conocimiento, pueden sin lugar a dudas llevarnos al colapso ecológico en forma definitiva.

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